Los muertos de López Obrador en México

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Tres meses después del inicio de la pandemia de coronavirus en México, el presidente Andrés Manuel López Obrador se rindió. Su estrategia epidemiológica —pocas pruebas, retrasar el encierro, centralizar las decisiones— fracasó: la cifra oficial supera los 13,000 muertos por coronavirus. El 4 de mayo la estimación gubernamental era que habría 6,000 víctimas fatales, hoy ya es de 35,000.

Son los muertos de López Obrador. El doloroso saldo —que aún va creciendo— de una fallida estrategia contra el virus más peligroso del último siglo. Agregada a la crisis sanitaria, se siente ya la económica. Y la violencia homicida tampoco ha descendido.

México fue de los pocos países del continente —y el único de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos— que no diseñó un plan masivo para conservar a las empresas y retener los empleos formales. Por ello, la semana pasada las cifras oficiales revelaron que la pandemia ha dejado a 12 millones de mexicanos sin trabajar, una cifra mayor que la de la catastrófica crisis del “efecto tequila” de hace 25 años.

Con este doble golpe a cuestas —el sanitario y el económico—, López Obrador empezó a diseñar la reapertura del país en medio de un creciente número de contagios y muertes. Puso como fecha el 1 de junio para el regreso de las actividades esenciales.

Cuando llegó el día, el semáforo epidemiológico mexicano estaba en focos rojos en 31 de los 32 estados del país. La dramática imagen del mapa del país en alerta máxima empataba con una realidad que el gobierno había escondido detrás de cifras alegres: largas esperas en hospitales que se han ido saturando de enfermos de COVID-19, crematorios colapsados, gestores de actas de defunción con el triple de trabajo, cementerios abriendo fosas a marchas forzadas y voces de doctores que relatan que están enfrentando una situación de guerra.

Ante ello, el presidente decidió tirar la toalla: hizo responsables de la reapertura a los gobernadores (a quienes no había tomado en cuenta previamente) y salió de gira a los estados del sureste. A los tres días de gira, una tercera amenaza se sumaba a la sanitaria y la económica: la tormenta tropical Cristóbal acompañaba con torrenciales aguaceros todo el recorrido del mandatario. La metáfora es perfecta. Al presidente le estaba lloviendo sobre mojado: en su quinto día de gira, mientras presumía lo bien que iba México, lo bien que su gobierno había “domado la pandemia”, el país rompió su récord de registros de muertes: 1,092 en un solo día.

México decidió iniciar el regreso a la “nueva normalidad” en lo que, hasta hoy, es el punto crítico de la pandemia.

No se trata de un error metodológico o estadístico. No se trata de un mal cálculo o una falla matemática. Desde el inicio de la desgracia, el presidente y su equipo decidieron navegar a contracorriente del mundo y no hacer pruebas masivas para mantener artificialmente bajo el número de casos y crear una falsa sensación de éxito. La realidad desdibujó el maquillaje. Hoy México, siendo de los países con menos pruebas en el planeta, está en los primeros 10 lugares en número de muertes. Y eso que está documentado que la cifra oficial de fallecimientos está subestimada.

Empezaron las acciones tarde, predijeron que el pico de la pandemia sería hace un mes y no parece haberse alcanzado aún, y están reabriendo la actividad sin que la tendencia de contagios y muertes vaya hacia abajo. La estrategia no fue epidemiológica sino política. Tuvo como prioridad salvar al régimen, no a los mexicanos.

La catástrofe sanitaria sólo augura una peor por el lado económico. En una extraña obcecación neoliberal, alimentada por añejos prejuicios antiempresariales, el presidente mexicano decidió también remar a contracorriente del mundo y no elaboró un agresivo plan fiscal para rescatar empresas y empleos. Su prioridad es mantener el déficit presupuestario, no endeudarse.

La economía mexicana se perfila este año a una caída de hasta 8.8% del Producto Interno Bruto (PIB), según el Banco de México. Pero eso sí, con un déficit fiscal de alrededor de 2%. Quizá hubiera sido preferible lo contrario: un déficit fiscal de 8% con tal de que la caída sólo fuera de 2%. Pero no para López Obrador, cuyas credenciales en el manejo económico han quedado en triste evidencia: el año pasado ya había logrado un decrecimiento del PIB, el peor dato en una década.

Cuando era dirigente opositor, López Obrador y sus más notables seguidores popularizaron un término para evidenciar la violencia en las administraciones de los presidentes en turno. “Los muertos de Felipe Calderón”, decían; o “los muertos de Enrique Peña Nieto”. Quién lo iba a pensar: mientras López Obrador bate los récords de homicidios de sus odiados antecesores, suma al saldo rojo la reprobada gestión de una pandemia, y también los del hambre y la crisis económica. Retomando su propio dicho: son los muertos de López Obrador.

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