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El evangelio económico según San Andrés Manuel

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En la coyuntura nacional, el presidente Andrés Manuel López Obrador busca a ultranza hacer parecer sus sentenciosas palabras, más como evangelio que como razones de un jefe de estado.

Es verdad que a través de la política transitan las decisiones fundamentales del país, y esto no es extraño, son los políticos los que toman las decisiones en materia fiscal y financiera, quienes frecuentemente afectados por la megalomanía terminan por estropear el sendero de estabilidad o dinamitar las rutas de escape en caso de una crisis.

Nuestros abuelos, y las generaciones que le sucedieron, recodaran con añoranza la fuerza de sus años mozos; pero por nada del mundo desearían vivir en aquel ambiente de crisis económica impuesto por el torpe manejo en los sexenios priistas de Luis Echeverria -el aventurero- o de José López Portillo, el apostador.

Hay quienes se refieren con nostalgia a los tiempos del todo poderoso Partido Revolucionario Institucional. Olvidan los desastres del poder arbitrario, los bandazos que sexenio a sexenio llevaron a México a arrastrarse y causar pena por el mundo.

En 1968, la economía creció al 8% anual, la inflación rondaba el 2%, en tanto que el salario real registraba un aumento anual del 6%. La crisis de ese año fue puramente política, originada por abusos autoritarios de la policía contra estudiantes, abusos llevados hasta el extremo de una masacre infausta por un presidente (Díaz Ordaz) y un secretario de Gobernación (Echeverría) criminales.

La historia, a veces con más o menos alguna variación en el librero de la teatralidad política, se repite. La ignorancia de la historia a nadie exime de culpa, cuando por hartazgo se elige como opción para rescatar al país de cadenas de la corrupción y la desigualdad la más arriesgada.

Esta porción de historia viene a colación, luego de que el presidente López Obrador cuestionara a la agencia Standard & Poor’s tras bajar la perspectiva de calificación crediticia de Petróleos Mexicanos (Pemex), lapidando a la agencia con la afirmación de que en años anteriores, pese a la corrupción en esa empresa y en la Comisión Federal de Electricidad (CFE), las calificadoras callaron y calificaban con excelencia.

El medroso silencio del buró económico del presidente -y la quimérica soledad de éste- en la defensa de su política económica no hace más que agravar el asunto; ni el personaje de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, acostumbrado a luchar contra molinos de viento en pos de granjearse ellos suspiros de Dulcinea del Toboso, lo hizo con tal hidalguía. Pero Andrés Manuel no es el Quijote, ni México Dulcinea.   

De acuerdo con la agencia calificadora, la reducción de estable a negativa en la calificación de la empresa se debe al deterioro de perfiles de riesgo de negocio y financiero y con los cuales se compromete la recuperación de sus principales líneas de negocio.

Y de nueva cuenta se encendieron “de manera respetuosa” los fuegos en la hoguera de San Andrés, de la boca del presidente se escuchó como crepitar, la frase tan acostumbrada: que debido a los malos resultados de la política neoliberal estas calificaciones sólo castigan al país e incluso a su gobierno.

No estaría mal que alguno de sus asesores le recordara al señor presidente que las agencias calificadoras de riesgo son entidades encargadas de realizar estudios que indican el riesgo crediticio de una entidad o la emisión de títulos con el propósito de facilitar a los inversionistas la toma de decisiones a la hora de colocar sus fondos, no agencias de investigación criminal.

Y aun cuando puedan ser ciertas las palabras de López Obrador, sobre que la política económica implementada anteriormente fue un vil “fracaso” y sólo se caracterizó por el saqueo y el pillaje; y que esto llevo a Pemex y a CFE, a ser las empresas más saqueadas del mundo. Valdría la pena recordarle al presidente que las deudas no se pagan con votos, y los votos no generan rendimientos financieros.

Nadie condena frugalidad con la que busca conducir su administración, pero ni con todos los ahorros que obtenga alcanzará a recuperar algo que desde su gobierno se está horadando a pasos agigantados, que es la confianza; y dinero, señores, es confianza, sea que este escrita en un tabla de arcilla, acuñado en un trozo de metal o en una porción de papel moneda.

Y aun cuando a los mexicanos nos pueda entusiasmar las vencidas del presidente respecto del capital, “el castigo al poder inicuo de los ricos y su saldo infame, la desigualdad”. No queremos por nada protagonizar en mala lid la segunda parte de “La economía presidencial” escrita por don Gabriel Zaid y publicada por Debolsillo.

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